Una noche en vela

Oscuridad, no puedo dormir. Algo me incomoda. En otro momento me hubiera dirigido inconcientemente a ver la televisión, a ver pasar el tiempo hasta que estuviese tan cansado como para coger el sueño. Esta vez no. Permanezco inmóvil, sumergido en el melodioso silencio de la noche. Recuerdo mi día, caigo en la cuenta de que ha sido igual que los anteriores, igual de monótono y predecible que todos, pienso si los días que me quedan serán así. No me gusta, algo falla.
Me levanto de la cama y subo a la azotea. El cielo está despejado, la luna cubre todo mi alrededor con su manto de luz, la brisa acaricia mi cara, juega con mi pelo, un gato vaga errante en la soledad de la noche. Tan solo se escucha el chasquido de mi cigarro, consumiéndose poco a poco sin echar la vista atrás.
Observo las casas desoladas, donde habitan personas encerradas en una gran rutina, su vida, personas tan diferentes y a la vez tan iguales. Me pregunto si realmente son concientes de su forma de vivir, de actuar. Me pregunto si serán felices.
Quizás no quieren estar atados a un trabajo deprimente para poder pagar las facturas, la gasolina del coche, cosas innecesarias o la comida para subsistir. Querrían desaparecer del mundo, navegar por los mares sin rumbo ni destino, ser felices. Quizás añoran la libertad.
Está amaneciendo, decido irme a la cama que ya me ha entrado un poco de sueño. Tiro el estricto despertador y me acuesto preguntándome si otra persona habrá sentido la brisa en la cara, visto la luna y el gato y, por supuesto, si habrá tenido tiempo para pensar.

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